Cuando una contratación no funciona, el reflejo inmediato suele ser calcular cuánto costó el proceso de reclutamiento: el tiempo invertido, quizás una agencia externa, el salario pagado durante los meses que la persona estuvo en el puesto. Ese cálculo, aunque real, es apenas una fracción del costo total. La mala contratación cuesta mucho más de lo que la mayoría de las empresas registra.
Los costos que sí se ven
El primer nivel de costo es el más visible y el más fácil de calcular: salario, prestaciones, tiempo del equipo de reclutamiento dedicado al proceso, honorarios si hubo intermediación externa, y los gastos asociados a un nuevo proceso de selección para cubrir la vacante otra vez. Este monto ya es considerable, pero es solo la punta del problema.
Los costos que no se ven, y que pesan más
El segundo nivel de costo es menos evidente, pero suele ser mayor en magnitud. Una contratación fallida implica tiempo de otros colaboradores invertido en capacitar, corregir o compensar el desempeño de la persona incorrecta. Implica también una carga adicional sobre el equipo mientras el rol no se cubre adecuadamente, lo cual puede derivar en desgaste y, en casos más severos, en la salida de otros colaboradores que ya estaban considerando irse y encontraron en esa situación una razón adicional. A esto se suma el costo de oportunidad: mientras el puesto estuvo mal cubierto, proyectos se atrasaron, decisiones se postergaron y resultados que dependían de ese rol simplemente no ocurrieron.
El impacto en la cultura y en la marca empleadora
Una mala contratación, especialmente en posiciones de liderazgo, puede afectar directamente la dinámica de un equipo: la forma en que se toman decisiones, el ambiente de trabajo, la confianza entre colaboradores. Si la salida de esa persona se da en términos difíciles, también hay un impacto reputacional. En un mercado donde los candidatos investigan activamente antes de postularse, la forma en que una empresa gestiona sus errores de contratación también forma parte de lo que se percibe hacia afuera.
Por qué ocurren las malas contrataciones
La mayoría de las contrataciones fallidas no ocurren por falta de talento disponible en el mercado, ocurren por procesos de selección que priorizan la velocidad sobre la precisión. Presión por cubrir la vacante rápido, entrevistas superficiales que no exploran más allá del discurso, validación de referencias que se hace como trámite y no como filtro real, y descripciones de puesto poco claras que atraen perfiles equivocados desde el inicio son, casi siempre, la raíz del problema. Rara vez es un tema de mala suerte.
Cómo reducir el riesgo
Reducir el riesgo de una mala contratación empieza por invertir tiempo real en definir el perfil antes de salir a buscarlo: no solo las competencias técnicas, sino también el tipo de persona que va a encajar con el equipo y el momento específico de la empresa. Diseñar entrevistas que exploren comportamiento y no solo discurso, validar referencias con preguntas específicas y no genéricas, y resistir la presión de cubrir la vacante rápido a costa de la precisión son decisiones que, aunque alargan el proceso en el corto plazo, lo abaratan de manera significativa en el largo plazo.
Una contratación bien hecha toma más tiempo que una mala contratación. Pero cuesta considerablemente menos.
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